Quito, 19 de julio de 2004
"Ustedes representan, honorables jueces, la cara de la justicia que él nunca pudo ver en Ecuador", esa fue la dolorosa invocación de uno de los alegatos finales contra el país frente a la Corte Interamericana de los Derechos Humanos.
El francés Daniel Tibi llegaba así al final del túnel oscuro por el que había transitado durante los últimos nueve años, con la suma diaria de pesadilla y espanto, con la ilusión corroída por la frustración de nunca haber visto la cara de un juez, pero de haber sufrido la lacerante réplica de las decisiones de un aparato de justicia que, sin mostrarle la cara, le había quitado en 28 meses algo más que la mitad de su vida, su familia y el total de su bienes.
Los diarios de aquella época deben haber mostrado la cara sonriente de los agentes de la INTERPOL que desarticulaban una banda de "narcotraficantes" en el operativo "camarón". Como es ya costumbre en nuestro país el armatoste investigativo da palos de ciego sin misericordia, se ufana ante los medios de su terrible eficacia, hace arrestos y envía un grupo de gente a las prisiones. Esa gente, si sobrevive a las condiciones carcelarias, con frecuencia sale libre, cuando ha dispuesto del coraje y los medios para demostrar su inocencia, en un período que nunca es menor a dos años y medio.
¿Para qué hay derechos humanos? ¿Acaso para defender a delincuentes que actúan en contra de la clase decente de este país? El acusado, el que cae en la red penal es un sin-derechos, debe ser aplastado por el sistema, los jueces no sirven para nada en esos casos y se debería obedecer sin miramientos a lo que dice el parte policial y adornarle con los oropeles de la justicia de los hombres: administrando justicia por autoridad de la ley.etc., etc., para sentenciarles al ostracismo más espantoso, bajo el reconocimiento de que en este país salvaje se preserva la moral y las buenas costumbres, mientras a los pillos se les devuelve a la oscuridad y al cepo. ¿Para qué más?
¿Para qué un sistema de justicia penal? Con agentes encargados de administrar los severos preceptos de la ley basta y sobra. El absurdo convertido en ley, el derecho en el tacho del descrédito, la justicia como un valor esgrimido por los sacerdotes del pasado. Es más rentable la tortura, que de mentiras hace verdades y fabrica culpables. El representante del Estado frente al más alto tribunal de los derechos humanos en las Américas, representante a la medida de su mandatario -no del noble pueblo ecuatoriano-fue un médico forense de la Policía que nos avergonzó diciendo que en 24 años de ejercicio profesional jamás conoció un caso de tortura en el Ecuador y que los cigarrillos apagados en el cuerpo de Tibi bien podían ser los maliciosos insectos de un inhóspito encierro.
Los que defienden los derechos humanos en el Continente pidieron entonces a gritos que los jueces enviaran un mensaje claro al Estado Ecuatoriano por inseguridad, condiciones torturantes de encarcelamiento que comprenden insalubridad, amenaza a la integridad y muerte, condena pre-sentencia y abuso a todas y cada una de las garantías procesales. Prevenir la muerte física de unos y la muerte civil de otros será, más allá de lo esperado por Tibi, el plus de su lucha por el respeto de la dignidad humana. ¿Habrá autoridades que comprendan el llamado, o reincidiremos en rasgarnos las vestiduras por haber desperdiciado la magnífica oportunidad de seguir escribiendo la ley en el cuerpo de otro torturado?
Al final del día un hombre disminuido, con veinte kilos menos de peso y habiendo perdido todo, con el cuerpo torturado y lleno de sarnas y, en los bolsillos, el solo capricho de seguir viviendo, a pesar de todo. ¿Cuál fue su error, cuál su pecado? Ninguno. Otro inocente que conoce el castigo penal en la Penitenciaría Modelo del Litoral. Aplausos para la justicia ecuatoriana, en minúsculas como debe ser citada. Otro encarcelado, otro que había sido incriminado por el mismo delito pronunció su nombre luego de varias sesiones de tortura y, al margen de toda ley y de toda lógica, Daniel Tibi cambió de oficio: de comerciante a alguien que se defiende desde el fondo estrecho de una cárcel.
Hoy Tibi, con nueve años de retardo, le vio por primera vez la cara a la justicia. A la internacional, porque para vergüenza nuestra la nacional nunca le permitió tan alto honor.
Santiago Argüello Mejía
Gestor Nacional de Plan País
Abogado, CI. 170437696-9